Historia

¿Qué fué Zainuco?

El Diario  Neuquén  del 24 de Mayo de 1916  informa acerca de una lista de 86 fugados ilesos y no presentados de la cárcel de Neuquén Capital. También añade que 72 de los detenidos no habían participado de la evasión, 3 se fugaron pero se presentaron a última hora, 3 murieron y uno quedó herido.

Ante la persecución policial, los evadidos formaron grupos que se dispersaron hacia distintos rumbos. A Zainuco –pretendiendo llegar a Chile-se dirigieron diecisiete, de los cuales ocho fueron las víctimas del fusilamiento.

El grupo de evadidos llegó a Zainuco la noche del 29 de mayo de 1916, capitaneado por Sixto Ruiz Díaz. Como intentaban reponer sus fuerzas exhaustas, buscaron refugio en un rancho del lugar. Fue allí, a la mañana siguiente, donde el sargento Vivot, al mando de seis hombres, los sorprendió y, en medio de una balacera sostenida con los prófugos, mandó a buscar refuerzos policiales. Pocas horas después, llegaron a Zainuco el inspector Staub, los comisarios Blanco y García Ponte y el subcomisario Fornaguera. Venían acompañados de un numeroso grupo bien armado.

La  pelea siguió. Y más o menos a la una de tarde, una bala mortal alcanzó al cabecilla Ruiz Díaz. Al ver muerto a su jefe, los dieciseis restantes se entregaron. Describe esta rendición una extensa y vívida carta,  reproducida en su totalidad por el diario Neuquén, escrita por Félix San Martín y testimonio de lo allí sucedido.

Cuando los evadidos se rindieron, se les secuestraron las armas y se los separó en dos grupos: En uno se incluyó a los exhaustos, lastimados o heridos, que no podían caminar.    El otro grupo, integrado por ocho personas, fue enviado rumbo a Zapala.  Inmediatamente, el diario Neuquén denunció que los hombres que quedaron en Zainuco habían sido fusilados por orden del inspector Staub. A cargo de la ejecución estuvo el comisario Blanco. El pretexto fue que habían intentado sublevarse. Gráficamente conmovedor es el relato que hace Félix San Martín de este trágico desenlace:

“…Y aquí comienza el misterio, el tejido de cosas posibles e inverosímiles que se han dicho y comentado privada y públicamente. La  versión oficial de lo sucedido y de la que los diarios se han hecho eco, es de una infantilidad desesperante. Llevar a  beber a  los presos a un faldeo arenoso y cubierto de una vegetación arborescente enmarañada, a trescientos metros de distancia, donde no hay una gota de agua, cuando a dos metros de la puerta del rancho está la vertiente de que sus habitantes se surten, es poco menos que inexplicable, tanto más cuanto el lugar donde fueron muertos esos ocho hombres está a un rumbo diametralmente opuesto al que debieran seguir en marcha a Zapala.

Sublevarse los presos pretendiendo arrebatar dos carabinas cuando acababan de entregar voluntariamente todas sus armas, y luego caer todos en un espacio reducidísimo de terreno y todos con un balazo en la cabeza, excepción de uno que presenta dos en la parte superior del tórax, es también muy singular, máxime si se tiene en cuenta que un caballo tordillo que los evadidos tenían atado en las inmediaciones del rancho, el “nochero”  posiblemente, fue blanco del fuego de la policía durante todo el combate, pues querían matarlo para evitar la fuga en él de algunos de los presos, y no lo consiguieron. [ …]

La condición de los  tiradores resulta muy distinta en uno y otro caso. En el primero, cuarenta hombres pretendieron matar a un caballo a 250 metros de distancia tirando parapetados y con apoyo durante varias horas, y sólo lo hirieron levemente. En el segundo, unos cuantos de esos mismos tiradores, sorprendidos y atacados por ocho hombres, vale decir, apurados, hacen una descarga y todos dan magistralmente en el blanco.  Es raro…”.

“…Muertos esos hombres de manera tan singular, no merecieron de los empleados policiales el favor que se le dispensa a un perro. Quedaron insepultos, tirados en la falda de la montaña; unos, sin más prenda de vestir que el calzoncillo, otros, con sólo jirones de la camisa, descalzos, y todos en actitudes sugerentes.       El que no tenía las manos crispadas sobre el rostro, como queriendo alejar la visión pavorosa de la muerte inminente, las había cruzado sobre el pecho a manera de escudo en el supremo esfuerzo de la defensa. De bruces unos, de espaldas otros, los ojos inmensamente abiertos, yacían en la misma posición en que cayeron, conservaban la misma actitud y el mismo gesto de espanto con que murieron”.

Abel Cháneton (periodista, fundador y director del diario Neuquén en 1908) que era considerado por sus contemporáneos como un hombre que luchaba por la libertad, por la justicia y por los derechos de  los oprimidos, no sólo denunció lo ocurrido en Zainuco sino, además, inició una campaña para exigir una investigación de los hechos, sin especular sobre las simpatías o antipatías que pudiera generar con sus posturas y sus acciones. Desde esta integridad ética y moral escribió entonces:

“…La historia está escrita con sangre. Las grandes rebeliones, los alzamientos populares que hicieron temblar a los tiranos, fueron el resultado de los abusos del poder o de la restricción de la libertad que la Constitución consagra, y de ese derecho inalienable nadie está privado”. (Diario Neuquén, 3-1-17)

El periodista neuquino murió el 18 de enero de 1917, en una emboscada que le tendieron Luna, Bunster y Palacios en el bar La Alegría de Neuquén capital. La opinión pública de la provincia y del país atribuyeron la autoría intelectual del crimen al entonces gobernador Elordi, al juez Zinni –que tenía a su cargo la investigación de la matanza de Zainuco- y al inspector de policía Adalberto Staub, a quienes había denunciado el valiente Director del “Neuquén”, ya como responsables, ya como cómplices o encubridores.

El tiro al corazón  fue disparado por el sargento Luna. La justicia apañó a los asesinos -que quedaron en libertad- considerando esta muerte producto de un duelo de cuchilleros. El diario La Nación de Buenos Aires –cuya corresponsalía ejercía Cháneton en el territorio- informó sobre las muchas amenazas de muerte que el director del diario Neuquén había recibido desde que iniciara la campaña del “Asunto de Zainuco” y alertó también sobre la circunstancia de que murió en momentos cuando anunciaba su viaje a Buenos Aires para ratificarse en sus acusaciones ante el Presidente Yrigoyen y pedir una investigación.

Las siguientes personas fueron asesinadas en Zainuco el 30 de mayo de 1916 por la policía que, en lugar de aprehenderlas y entregarlas a las autoridades judiciales, decidió su salvaje ejecución:

JOSE CANCINO.

NICOLAS AYACURA FIGUEROA.

FRUCTUOSO PADIN.

JOSE LOPEZ.

ANTONIO STRADELLI.

TRANSITO ALVAREZ.

FRANCISCO CERDA.

DESIDERIO GUZMAN.

Sus restos, junto a los de SIXTO RUIZ DIAZ, yacen en una fosa común en el paraje de Zainuco.

Texto extraído de “Abel Cháneton. Vigencia de un periodista de proncipios de siglo”

(A.P.D.H. Neuquén • 1998)

Nuestra Asociación lleva el nombre “Zainuco”  en homenaje a los asesinados en ese lugar y al periodista Abel Cháneton, símbolo de la lucha por los derechos humanos y la justicia.